7.8 Proyectos de los hermanos Sherley
(24.07.1618? – 26.07.1618)
No habiéndose dicho hasta ahora la ocasión de la venida de estos ingleses á Persia, viene bien en este lugar hacer de ella alguna relación, como cosa que en parte toca á esta embajada que en el presente tiempo envió Su Magestad Catholica al rey de Persia.
Casi veinte años antes de la llegada del Embajador aportaron á estas partes dos ingleses, hermanos, llamados Antonio y Roberto Sirley, con algunos otros de su nación, los cuales, ó por la inclinación que otros muchos de Europa tienen de peregrinar, notar y ver naciones y provincias remotas de las suyas, ó por haber tomado y enprendido esta su jornada por particular manera y profesión de vivir, como después por el de su vida pareció, se quedaron en la Persia ofreciéndose á servir á su rey. Y porque ellos eran mozos, y particularmente el don Antonio hablaba suelta y desenvueltamente en muchas cosas de Europa, como hombre que había estado algún tiempo en Italia, el rey de Persia los admitió y entretuvo en su corte, y esto con tanto más muestras de favor cuanto eran mayores las cosas que los dos hermanos le prometían, ofreciéndose á llevarle embajadas de su parte, ansi al Papa como á todos los demás principes de Europa, y facilitándole el poderse unir y confederar para que de común consentimiento se le moviese poderosamente la guerra al Turco. Y como las ofertas y arbitrios que se dan á los reyes, aunque sean por semejante genero de gente llevan siempre delante aparente grandeza y provecho para los dichcos reyes, mayormente que con razones sofísticas les dan á entender que el tal beneficio será sin ningún riesgo suyo, ni de sus vasallos, por la mayor parte son admitidos y premiados los inventores de tales machinas, y ansí fácilmente pudieron estos ingleses persuadir al rey para que al don Antonio, que era el mayor de los dos, lo embiase por su enbajador á Europa, juntamente con otro persiano llamado Assenbec, nombrado tanmbién en el mismo cargo y dignidad, quedándose don Roberto en su corte.
Sucedió en esta jornada, que se hizo por Tartaria, Moscovia y Alemania y de alli á Italia y á España, reñir camino de Roma los embajadores, y quedándose el inglés en Italia, el persiano pasó á España, y después de ser muy festejado y remunerado, ansí él como los demás de su conpañia, de Su Magestad Catholica, se embarcó en Lisboa para la India y de allí volvió por Ormuz á Persia.
Acudió algunos años adelante el don Antonio Sirley á la corte de España, que había vuelto de Valladolid á Madrid, y con sus usadas artes y buena inteligencia trató con los ministros de Su Magestad de servirle en la guerra, encareciendo la mucha prática y conocimiento que tenía de la disciplina naval marítima, para lo cual dio algunos arbitrios con que también engañó á los consejeros que le admitieron y creyeron. Estos sus arbitrios vinieron después á parar en que habiéndose armado algunos navíos con mucha costa de Su Magestad, en Sicilia, y nombrándole á él por cabo de ellos, sin fruto ni efecto alguno en muy pocos días se deshizo y desvaneció esta armada, habiendo antes prometido atrevidamente que había de infestar y hacer grandes daños al Turco, ansí en las costas y marinas de Grecia, como en las islas del Archipiélago. Pero aunque estas machinas y mal aprobadas invenciones suyas salieron del todo inciertas, supo tan bien negociar después que volvió á la corte, que Su Magestad le hizo merced de un honorífico y amplio stipendio cada año, con residencia en la ciudad de Granada, adonde quedaba al tienpo que el Embajador de Su Magestad Catholica salió de España, ocupado, según se decía, en buscar minas de oro y plata por las muy ásperas y encumbradas sierras de aquel reyno.
Don Roberto, algunos años después de la jornada de su hermano, también pasó por Embajador del rey de Persia á Europa, haciendo el mismo viaje por Moscovia, y después de haber estado en la corte del Emperador y en la del Papa, pasó á España, adonde estuvo catorce meses, subministrándole en todo este tiempo por los ministros y oficiales de Su Magestad Catholica abundantemente y con mucha grandeza todo lo necesario á él y á toda su familia, de manera que ansí en esto como en otras mercedes recibidas se gastaron treinta mil ducados.
Las cosas que en el dicho tiempo propuso y trató, tocantes á su embajada, fueron aquellas mismas que él había dado por arbitrio al rey de Persia, todas vanas y sin ningún fundamento, como se dirá adelante. Y como al cabo de algunos meses después de su llegada se comenzase ya á conocer por hombre de invenciones poco seguras, se anduvo con él con más cuidado, hasta que le fueron tomadas algunas cartas que ansí de ellas como de avisos que se tuvieron de Holanda se supo que trataba con aquellos Estados cosas muy en perjuicio de Su Magestad y del todo contrarias á lo que por su embajada publicaba, diciendo que su fin principal á lo que era venido era por efectuar alguna paz y entre el rey de Persia y los dichos Estados, para lo cual procuraba salirse de la corte, adonde se entretenía proponiendo fingidamente cosas imposibles para que ninguna se aceptase ni efectuase.
Con esta certeza y comprobación de la sospecha que antes se tenía de tan pernicioso engañador, hubo pareceres de que se prendiese y castigase sigún la calidad del delito, sin guardarle la inmunidad de Embajador, pero otros tuvieron que al fin se le había de observar, aunque justamente merecedor de cualquiera grave pena y castigo, porque no pareciese á los que estaban más lejos y que no tenían aun noticia de sus enbustes, que en parte se violaba el universal y en todos tiempos guardado derecho de las gentes, y ansí se licenció tácitamente de aquella corte, sin publicarse nada de lo que intentaba y trataba, antes mandando Su Magestad dar[le] buena suma de dinero para el camino.
Como antes lo había ofrecido se embarcó desde España para Holanda, proponiendo en aquellos Estados el grande útil que se les seguiría de la amistad con el rey de Persia, siguiéndosele[s] de ello poder traer con sus ñaves cada año toda la seda que de las provincias subjectas á aquel reyno se llevaba en carauvanas á Alepo y á Damasco, siendo la intención de su rey quitar este comercio de las tierras del Turco y que se comunicase y transfiriese á Europa por la navegacion del mar Oceano. Y que ansimismo, que las ñaves que hubiesen de cargar de esta seda podrían contratar también en el puerto de Zurrate, del reino de Canbaya, subjecto al Mogor, vendiendo allí las mercadurías que llevasen de Holanda, Flandes é Inglaterra, encareciéndoles la ganancia grande que de la tal contratación se les podría seguir. Los Estados no aceptaron nada de lo propuesto porque no era cosa muy difícil conocer la flaqueza de sus mal fundadas razones ó porque hallándose ocupados con las navegaciones que hacían á las riquísimas islas orientales del Sur y costa de la India mayor, ó por cualquiera otra no sabida ni divulgada causa, no querían ocupar sus armadas en otra empresa más de en aquella de que tanta riqueza y provecho anualmente les venía.
Pasó don Roberto de Holanda á Inglaterra ofreciendo lo mismo á aquel rey, mas por la nueva amistad y confederación que tenía con Su Majestad Catholica, y lo más cierto, por no darle crédito, no solo no lo admitió, pero vedó que no pareciese delante de él con el hábito de persiano que con notable impudencia, ansí en España como en las demás partes de Europa, él y sus criados publicamente traía[n].
Viéndose frustrado de lo que había dos veces probado poco felizmente, por no dejar nada por intentar trató primero con el principe de Gales por medio de algunos favoridos suyos, que en su nombre y debajo de su protección pudiesen hacer esta navegación á la India algunos mercaderes á quien él había ya ofrecido cierta ganancia si metiesen caudal para enviar dos ó tres ñaves con mercadurías á Zurrate, con el retorno de la seda de Persia. Y como el dicho príncipe, que comenzaba ya á tener edad de hombre, con espíritus levantados de generosa índole, se inclinase á esto, se comenzaron á prevenir tres navíos para comenzar y probar como salían las ofertas de esta jornada y ganancia que de ella se podía síguir.
Pero la arrebatada y temprana muerte de aquel principe deshizo este primer movimiento, aunque después hizo tantas díligencías por medio de algunos parientes suyos, y supo tan bien encarecer lo que quiso, que se movieron los mercaderes mas cudiciosos y entre ellos armaron dos ó tres navíos, embarcándose en el uno de ellos el inventor y promovedor de esta enpresa. Y como en el camino se apartase de los dos con un temporal, fue á parar á la isla de San Lorenzo, por la parte de dentro, en la costa occídental de ella que mira á la costa de la Cafreria y cabo de las Corrientes, y allí descubrió una bahía en que entra un río con cantidad de buena agua, surgidero seguro para cualesquiera navíos.
Los otros dos fueron á parar á Zurrate, adonde habiendo cargado de ropa de algodón, que allí hay mucha y muy barata, y estando para salir del puerto dieron en ellos algunos galeones que desde Goa habían salido en su demanda, pero salvándose con mucha ligereza y destreza por medio de ellos, fueron de allí á las islas de la Specieria, adonde compraron gran cantidad de ella con la ropa que de Zurrate llevaron, y de allí volvieron con ganancia á Inglaterra.
El don Roberto, desde la isla de San Lorenzo llevó su derrota al cabo de Rozalgate y después de haberlo doblado anduvo reconociendo la costa frontera de la tierra firme de Persia y sondó la ensenada de Guadel, y después la de Jasques, pareciéndole esta más á proposito, por ser más cercana de aquel reyno, para llegar allí las naos y recoger la seda que, sigún el arbitrio que á su rey había dado, se le había de comprar y llevar por mar á Europa. De aquí, sin desembarcarse, navegó á la costa del Cinde y subiendo por la corriente de este famoso río, que es el antiguo Indo, llegó á la ciudad de Tata, emporio muy conocido de la primera India, y pareciéndole que era bien ver si podía persuadir al Mogor con algunos de sus propuestos, demás de que él llevaba algunas joyas y piedras de Europa, como hombre que hacía profesión de aquel arte, tomó el camino de la corte de aquel gran principe, adonde residió y estuvo algún tiempo; lo que allí trató, ni lo sabe ni se curó de informar de ello quien esto escribe, pero buenamente se puede creer que serían cosas muy semejantes á las que había tratado con otros (reyes) y en poco útil del estado de la India, de que aquel rey es tan vecino, sigún este hombrecillo vagabundo procuraba, en cuanto el podía, dañar y molestar todo lo que á Su Magestad Catholica tocase, en pago del buen hospedaje y regalo que en España se le hizo.
(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo V, pp. 125 – 131)
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